Con permiso

Contaminación en el lenguaje

posted by @mbellido 3 abril 2012

El otro día ojeaba una serie de fotos con un amigo, también periodista. Las fotos eran de las  manifestaciones del 29M. Mi amigo me retaba a valorar algunas de las frases escritas sobre las pancartas que sostenían los manifestantes. Durante unos instantes dudé, no sabía si definirlas frases mágicas o conceptos prefabricados.  Mi Incertidumbre momentánea sobre la valoración de esos eslóganes dio pie a discutir sobre el modo de hablar que vienen desarrollando, desde hace años, algunos sectores políticos.  Un modo de hablar y un vocabulario que refleja una manera particular de ver el mundo e interpretarlo, palabras que al llegar al receptor ya no trasmiten lo que verdaderamente deberían significar sino que adquieren el significado que los emisores pretenden.

La palabra libertad es una de ellas. Si se pronuncia en singular su significado será progresista y revolucionario, si se pronuncia en plural tendrá tintes burgueses. Su valor y credibilidad también dependerá de lo que se diga a continuación. Parece que  cuela más fácilmente la expresión libertad de huelga que libertad de trabajar. La primera expresa el poder de los sindicatos, la segunda parece subrayar el poder de los empresarios pero no el de los trabajadores.

Sucede algo parecido con el adverbio objetivamente. Por ejemplo, para uno de izquierdas una persona de derechas suele ser “objetivamente” fascista y franquista.  No hace mucho también escuché una consideración que venía a decir más o menos lo siguiente: cuando los ciudadanos votan a determinados partidos son inteligentes y los resultados son justos, cuando votan a otros están equivocados y algo habrá que hacer en la calle. Y la frase, con flecos similares, que  vino a continuación me dejó literalmente perplejo. ¡Cosas de la objetividad!

Siempre entendí que dialéctica es el conjunto de razonamientos y argumentaciones en un discurso o una discusión, y el modo de ordenarlos y exponerlos. Pues no, para muchos no significa eso, sino  poder decir una cosa y la contraria, según convenga. El ejemplo más claro es cuando salen a comentar los resultados electorales: parece que nadie haya perdido o se haya quedado por debajo de lo esperado. Además, cuando un partido no ha obtenido suficientes votos para gobernar, pero puede sumar sus votos con otro y hacerse con el poder aunque otra haya sido la lista más votada, la dialéctica permite que sus representantes argumenten que ellos son los ganadores. Lo interesante de esa dialéctica es que proporciona respuestas y justificaciones para todo.

Verdad es otra de las palabras que me dejan perplejo, ya que se le atribuye un valor distinto dependiendo de quien la pronuncie. En  mi juventud leí una máxima de Gramsci que me impactó por su fuerza: “La verdad es la táctica de la revolución proletaria”. Pensaba que el significado de esa frase es que la revolución necesita de la verdad y que la verdad es la auténtica arma de la revolución. Escuchando ciertas “verdades” sin argumentaciones, defendidas en estos meses desde ciertos ámbitos políticos, comprendo que algunos sostengan que cuando se pierde, entre revolución y la verdad de los votos emitidos por los ciudadanos, es mejor escoger revolución. Deduzco que cuando escuchaba días atrás a un huelguista decir: “rebelarse es justo”, él tenía muy claro que dependía de contra quien.   En estos modos de expresarse, lo que me parece advertir es, como dirían los ecologistas, un poco de contaminación. ¿Será otra forma de cargarnos al planeta?

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