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La inexplorada dimensión de la Realidad Virtual

posted by @mbellido 12 noviembre 2018

Creo que mi optimismo en la vida proviene sobre todo del levantarme todas las mañanas pensando que el futuro puede ser mejor que el pasado, algo que aprendí leyendo los estudios de Teilhard de Chardin. En el año 87 tuve mi primer ordenador y cuando contaba a mis amigos las cosas que lograba hacer con él, uno me comentó incrédulo que las nuevas tecnologías llegarían a desatar los demonios de la naturaleza humana, que esas tecnologías crearían adictos, como los creaba la droga, y que la gente, dejándose atrapar por esas realidades virtuales, perdería capacidad de tener los pies en la tierra y vivir en el mundo real. Probablemente, esas y otras cuestiones similares, se planteaban algunas personas en esa época. Algunas me parecían realmente banales y otras, sin embargo, hoy me resultan casi proféticas.

Con el desarrollo de estas nuevas tecnologías, hemos ido sustituyendo la caja de herramientas con martillo y destornilladores, o la cartera con calculadora y agenda, por un minúsculo artilugio que cabe en la palma de nuestra mano y que contiene extensiones para nuestros ojos, oídos, cerebro, además de expansiones de memoria e infinidad de otros utillajes que conforman una nueva estructura para conectarnos con el mundo. Estas posibilidades nos permiten, lo queramos o no, cambiar nuestra forma de concebirnos a nosotros mismos y de concebir el mundo. La Realidad Virtual, fruto de la digitalización, sigue la línea iniciada y se sirve de una tecnología informática para crearnos una nueva herramienta e introducirnos en un entorno simulado, como un nuevo mundo.

A diferencia de otras interfaces de usuario que permiten a una persona comunicarse con una máquina, la Realidad Virtual pone al usuario mismo directamente dentro de una experiencia. En lugar de ver algo en una pantalla, los usuarios están inmersos en ella y pueden interactuar con mundos virtuales en 3D, en los que se pueden vivir simulaciones, con todos los sentidos. Podemos ser transportados virtualmente a mundos lejanos, volar sobre las alas de un águila a muchos metros del suelo, conducir un coche de Fórmula 1. La Realidad Virtual nos permite escapar de la realidad física y sumergirnos momentáneamente en un mundo no real en el sentido clásico, pero extraordinariamente atractivo.   Este, como otros avances tecnológicos, nos pone delante de un dilema: aprender su uso para que nos ayude, o dejarnos engullir por él.

Según un estudio que leía estos dias, “en 2016 se vendieron 6,3 millones de gafas de Realidad Virtual en un mercado en constante crecimiento”. Esta cifra se multiplicará en los próximos años de manera exponencial.

Recientemente un médico de la Singularity University me contaba cómo algunos hospitales están ya incorporando la Realidad Virtual y la realidad aumentada a sus protocolos como soporte para operaciones quirúrgicas, para explorar detalles que con otras técnicas serían invisibles, para combatir distintas formas de fobia, como alternativa a la anestesia, como sustituto de calmantes, para pacientes que reciben quimioterapia…  Por otra parte, también nos llegan noticias de que la están experimentando el mundo de la formación y el marketing en los procesos de venta. Todo nos hace pensar que esta tecnología va a multiplicar la eficacia en muchos procesos, sobre todo a través de la elaboración rápida y económica de resultados o de medidas de optimización en la producción.

Podemos concluir que, por las experiencias que vamos conociendo, la RV aportará mucho a la educación, a la política, al periodismo, al comercio, al ocio…, a nuestra relación con la cultura y con el modo de comunicarnos, cambiándonos incluso el modo de interpretar nuestras vidas y el mundo que nos rodea. Sin olvidar nunca que la tecnología tiene que estar al servicio del ser humano y, por tanto, servir para mejorar sus condiciones de vida.

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