Hoy quisiera invitaros a reflexionar sobre el papel de la comunicación como generador de relaciones.
A menudo tengo una sensación: en esta época en la que vivimos se presupone a priori de la inexistencia de relaciones verdaderas y profundas, como si la misma tecnología legitimara cualquier posibilidad de ir más allá de un intercambio de mensajes a través de los móviles o de las redes sociales. Y es que extiende la visión de este gran enjambre digital que parece el mundo donde hoy vemos millones de celdas que contienen seres aislados con un iPhone en sus manos, pero sin posibilidad de establecer relaciones de amistad verdaderas. ¿Es así? Me pregunto.
También me pregunto si hoy sobre el dilema identidad y alteridad hay una gran confusión. ¿Falso dilema? Es como si cierta cultura nos hiciera creer que para ser nosotros mismos, debemos negar a los demás, y no precisamente lo contrario: redescubrirnos reflejándonos en el otro.
Otro fenómeno que me llama la atención es el uso que se hace de las palabras, a menudo distorsionando su significado y transformando así la comunicación en malentendidos y transformando la memoria en olvido.
Lo que si tengo muy claro en este panorama es que es falsa la idea extendida de que las herramientas tecnocráticas son la fórmula perfecta para la felicidad. Por otra parte, nunca estuve de acuerdo en lo que proclama cierta teoría económica reduciendo toda relación a una transacción, todo encuentro a la medición de la capacidad de negocio mutuo, todo diálogo a un monólogo, todo silencio a un vacío en lugar de una plenitud, todo tiempo dedicado a escuchar a un tiempo perdido en lugar de un tiempo ganado, todo diálogo a un riesgo que debe evitarse.
