Cuando estudié Aristóteles en mis años jóvenes, me impactó uno de sus pensamientos «El ignorante afirma, el sabio duda y reflexiona» y así se lo hice notar a mi profesor. El me respondió también con una frase que siempre he recordado: “No hay que confundir nunca el conocimiento con la sabiduría. El primero nos sirve para ganarnos la vida; la sabiduría nos ayuda a vivir”. Creo que en ese momento algo me impulso a hacer de la búsqueda de la sabiduría una meta y un objetivo, sabiendo que en esta búsqueda es fundamental reconocer dos cosas: que siempre se está en camino y ser consciente de la propia ignorancia.
Con los años he ido entendiendo que no se trata de modelar y exhibir una sabiduría humana, mundana, dominante, ideológica y triunfalista, sino de abrirse para recibir, como don del Espíritu Santo, que sopla donde y como quiere, una Sabiduría divina, misteriosa, útil, dialógica y humilde; la que llevó a Pablo a decir: «Nosotros tenemos la mente de Cristo» (1 Corintios 2:16), solo después de haber afirmado: “Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a este crucificado” (cf. 1 Corintios 2).
Una Sabiduría divina y, por lo tanto, profundamente humana; misteriosa y, por lo tanto, nunca poseída definitivamente; útil y, por lo tanto, no egocéntrica; dialógica y, por lo tanto, necesitada de los demás; humilde y, por lo tanto, consciente de su origen; que asombra al manifestarse, que nos hace maravillarnos, que embriaga, que eleva, pero no nos exalta.
