Hace unos días me preguntó una amiga que arrastra desde hace tiempo problemas con su hija en la escuela, como definiría yo a un buen maestro. Le respondí, más por intuición y experiencia vital que por conocimiento teórico, que más allá de la polarización entre técnicas de enseñanza y creatividad individual, habría que considerar el tacto como una virtud del buen maestro. Creo que habría que considerar el tacto en el ámbito pedagógico como una forma importantísima de practicar la docencia. Poseer tacto en la educación, como en el resto de nuestras relaciones sociales, significa estar presente en el aula, atento a las necesidades grupales e individuales siendo capaces de reinventar en las formas la propia práctica de enseñanza. Hablo a menudo con pedagogos y filósofos y todos, de una manera u otra, me hablan del tacto como una técnica de conciliación con dimensión existencial.
El tacto, lo sabemos, es una herramienta para relacionarnos, algo que nos dota de una gran capacidad de reestructurar profundamente la relación con el mundo que nos rodea. Ayer precisamente leía una frase de Oscar Wilde que me impactó muchísimo: “Hable a toda mujer como si estuviera enamorado de ella y a todo hombre como si le estuviera fastidiando a usted. Y pronto tendrá fama de poseer el más exquisito tacto social.”
El tacto en las relaciones sociales es la habilidad de comunicar y actuar con sensibilidad, exquisitez y respeto hacia los demás, eligiendo siempre palabras y acciones esmeradas para evitar ofender, faltar al respeto, para comprender, para promover el diálogo. Es una actitud, una manera, una virtud que implica empatía, inteligencia emocional y la capacidad de gestionar interacciones manteniendo la armonía para fortaleces vínculos.
José Antonio marina dice que el tacto es “una especial sensibilidad para captar una situación y para responder a ella adecuadamente.” Me gusta.
