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Esperanza

posted by @mbellido 3 octubre 2022

El mundo anda desorientado, afligido y desesperanzado, porque las cosas van muy mal, los analistas nos dicen que vamos rumbo a un triste otoño y a un terrible invierno: seguiremos llorando por la invasión de Ucrania y por los otros 20 conflictos bélicos que desangran al planeta, seguiremos teniendo costes energéticos absurdos, inflación galopante, tensiones geopolíticas, divisiones políticas partidistas, avance exponencial del cambio climático  y tal vez incluso recrudecimiento de la pandemia del COVID o la aparición de nuevas pandemias.  Todo eso se traduce en estados de ansiedad que producen pánico, hastío o depresión.

Nos llevamos todo el día o mirándonos al ombligo para aislarnos de la cruda realidad o mirando el cielo preguntándonos que tendría que pasar para tomarnos un respiro y sentirnos fuera de peligro.      

Nunca como en estos tiempos hemos tenido tantos recursos para atender las necesidades del ser humano. Se producen alimentos, según la ONU, para 12.000 millones de personas en el mundo, y sin embargo hay millones que pasan hambre, la ciencia avanza y cada vez hay más vacunas, medicinas o técnicas quirúrgicas para garantizar una vida sana y promover el bienestar para todos en todas las edades, tenemos tecnologías para enfrentar emergencias, tenemos medios digitales para llevar la educación y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida incluso en aquellos países que viven atrasados por la esclavitud de la ignorancia; tenemos ideas y conocimientos científicos para evitar un cambio climático que podría precipitarnos a la extinción, tenemos medios para  reconstruir países enteros, para revertir el rumbo de la pobreza.

Necesitamos paz para avanzar, para progresar y, sin embargo, no somos capaces de parar a cuatro exaltados que en un despacho deciden de llevar el mundo a la guerra.

Se mire como se mire – desde el punto de vista humano, estratégico, político o económico – las guerras son diabólicas y nocivas. Las guerras no aportan beneficios. Todo el mundo pierde.

Y sin embargo muchos nos resistimos a perder la esperanza, esa palabra antigua, transcendental y solemne que si no la alimentamos activamente corre el riesgo de terminar en la batidora de los clichés y la retórica. La esperanza no es un optimismo facilón y empalagoso, la esperanza no es espera pasiva, no es hierba pisoteada de la maleza de la demagogia política, no es eslogan consolador.  

La esperanza no es una empresa cómoda, es un afán diario de superar los obstáculos de dentro y de fuera. Ningún atleta será premiado, si no luchara de veras. La esperanza tenemos que conquistarla cada día, sin ceder, sin caer en la pereza o en la desidia, afrontando nuestros quehaceres hasta el fondo y con generosidad. Poniendo nuestro granito de arena, como se suele decir, porque, aunque no podamos cambiar todo el mundo, sí podemos cambiarnos a nosotros mismos. No nos faltan ejemplos de esperanza vivida hasta el fondo.   Como hacía Martin Luther King (“Tengo un sueño”), o la Madre Teresa de Calcuta (“Puedo hacer poco, pero es lo que da valor a toda mi vida”).

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