Vivimos en la actualidad en un mundo que nos empuja a la velocidad, que venera el «ahora» y está cada vez más esclavizado por la posibilidad de estar siempre conectado. «Melón y tajá en mano» decía mi padre, que es una expresión popular española, especialmente andaluza, que describe a una persona muy impaciente que quiere conseguir lo que desea inmediatamente, sin esperas. En este contexto la paciencia no es debilidad, sino la única posibilidad humana y cristiana para liberarse del “timing”, como estrategia para todo.
En la paciencia coexisten el dolor y la pasión, y es precisamente en este contraste donde reside su fuerza. Es por esta naturaleza que la paciencia se encuentra entre las virtudes que identifican las vidas de santos, sabios, samuráis, monjes, pescadores, agricultores y artistas. Porque la paciencia es una fuerza que transforma y moldea. Y lo logra todo. Los persas decían que la paciencia es un árbol de raíz amarga, pero de frutos muy dulces. Cada mañana me repito: ten paciencia con todas las cosas, pero sobre todo contigo mismo y es que como decía Teresa de Avila: «La paciencia todo lo alcanza»
