Con permiso

Voces de ciudad

posted by @mbellido 30 julio 2008

Por lo que he viajado, estando de vacaciones o recorriendo el mundo por trabajo, como me tocó hacer hace ahora veinte años, puedo concluir que las ciudades nos hablan. Cada una nos acoge con un mensaje específico que entra poderosamente por nuestros sentidos y recorre todo nuestro ser alumbrando nuestro espíritu y nuestro intelecto.

Cambridge, la de Massachusetts, en Estados Unidos, que se conoce por ser la sede de la Universidad de Harvard y del Instituto Tecnológico de Massachusetts, me acogió hablándome de libros, de ganas de leer, de rellenar las estanterías de mi mente de preciosos conocimientos, de ciencia, de literatura… También Oxford, esa antigua ciudad universitaria británica ubicada en el condado de Oxfordshire, en Inglaterra, me increpó en todas mis visitas: ¡estudia!.

París suele susurrar tres palabras: mira, huele, toca. Entre librerías y museos y vida de café, la ciudad de la luz es amor, es música de acordeón en la noche, es glamour: ¡despierta tus sentidos! ¡Vive con estilo!.

La Florencia renacentista donde pasé diez años maravillosos de mi vida me habló siempre de la grandeza del alma humana desde sus palacios, iglesias, fortalezas, mansiones renacentistas y, por supuesto, desde todas sus obras de arte. Allí me enamoré del mundo clásico, ese mismo que redescubrí en la Atenas del esplendor griego. En realidad en todos los rincones de la región de la Toscana donde se desarrolló la época grandiosa del Humanismo y del Renacimiento, escuché la voz de Leonardo que me contagiaba de esa insaciable curiosidad que lo guió en la vida.

En Manaos, en el noroeste del Brasil, conocí la exuberante belleza y grandeza de la selva. Extasiado ante el “encuentro de las aguas”, ese fenómeno natural provocado por la confluencia del agua oscura del Río Negro con el agua de color barro del río Solimões, que se juntan para formar el Amazonas, la selva me pareció un templo, el gran templo de la naturaleza, donde los cantos de las aves, los gruñidos de los macacos y otros sonidos gritaban: ¡no maltrates la Tierra!.

El lema del Estado de Nueva York es Excelsior, proviene del latín y significa: lo más alto. Nueva York me habló de superación, de esfuerzo por llegar a la meta y sobre todo me habló de libertad. Esa estatua esculpida por Frédéric-Auguste Bartholdi y obsequiada por Francia con motivo del centenario de la independencia de los Estados Unidos en 1886 me produjo la primera vez una profunda emoción. Quizás fue allí donde escuché que en la vida merece la pena luchar por un sueño de libertad.

En Quebec, Ottawa y en todas las ciudades de Canadá escuché la palabra tolerancia. Canadá es el hogar para seres humanos de más de 200 etnias y más de 100 nacionalidades.

En Tokio, referente cosmopolita y centro tecnológico y económico del mundo, me estresó su modernidad y su arrollador espíritu consumista, pero en sus Santuarios, templos y jardines pude escuchar más de una vez, mientras el alma se ensanchaba, que el espíritu reclama silencio.

Marruecos me habló a través de sus gentes y de la fe coránica que profesan. Allí escuché que el ser humano puede dar un sentido divino a los gestos más comunes.

Jerez, mi ciudad natal, habla siempre de mi padre: cada esquina es un recuerdo de infancia y adolescencia vivido con él: afecto, atención prodigada, sabiduría y ternura.

Sevilla, de todos mis naufragios seguro puerto es, como dijo Guillermo Díaz Plaja: “Una inmensa gardenia, venenosa, sí, embriagadora, dulce y delirante”. Esta ciudad me habla a diario con sus perfumes y sus colores. Pero ahora que ha llegado el verano, en Sevilla y creo que en casi todas las ciudades de Andalucía, no hay esquina en la que no se recite la misma jaculatoria: “ojú, que caló”. ¡Feliz verano!

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