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Una historia de entonces y de hoy

posted by @mbellido 21 marzo 2011

Años atrás, cincuenta y siete concretamente, en el patio de una casa jerezana, a las tres de la madrugada se oyó el llanto de un recién nacido. Como suele ocurrir casi siempre con las cosas buenas no fue noticia al otro día en los periódicos. El hecho acontece el 22 de marzo de 1954. La noticia del día era otra: tras más de 14 años, volvía a funcionar el mercado del oro de Londres. Sin embargo Julia consideró en aquellos instantes que acababa de dar vida a su segunda obra más lograda y el corazón de Manuel se sintió complacido. Años más tarde Julia me explicaría que aunque de noche, tanta era su felicidad que le pareció que el sol inundaba por un momento la habitación, con una luz que venia desde el cielo. Yo le respondí cuando me lo contó años más tarde: “cosas de madre”. Un nacimiento es siempre un motivo para entender que la vida sigue, sigue adelante, y los dolores y las penurias pueden convertirse en dulces tristezas. Aquel niño creció tratando de parecerse a su padre, que había conseguido lo más difícil del mundo: ser buena persona. Comenzó a descubrir el mundo a través de las pocas cosas que le contaban los mayores y más tarde a través de los libros. Años apacibles los de la infancia y llenos de afecto. Momentos de vida que se quedan en el corazón, dignos de guardarse en la memoria. Encuentro con razones profundas en la adolescencia por la que vale la pena vivir mirando hacia delante. Una juventud inquieta donde a medida que la curiosidad se sacia se ven mejor los detalles de la razón y donde se prueba por primera vez que se tiene la edad justa para ser capaz de cambiar el mundo. Después la edad de la conciencia y de la coherencia, sin cesar de aprender. La edad del amor, del primer amor. Después, la edad de seguir aprendiendo, de seguir escuchando. Hoy, 57 velitas sobre una tarta virtual y un regalo entre mis manos, una razón por la que vale la pena seguir viviendo. De mis labios se escapa una promesa: dejaré que mande el corazón aunque no sepa qué hay después.

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