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Reconstruir la política

posted by @mbellido 1 septiembre 2012

Este Directorio de la Administración pública andaluza es la fotografía del nuevo gobierno de la Junta de Andalucía, resultado  de las elecciones al parlamento que, en nuestra Comunidad,  tuvieron lugar el pasado 25 de marzo. Desde hace años venimos publicando esta radiografía del poder político en nuestra región y ahora, una vez más, es motivo de reflexión sobre la función política. Vivimos un momento histórico donde la ciudadanía, no quiere seguir firmando un cheque en blanco a quien debe administrar sus impuestos. La ciudadanía no quiere seguir viendo desfilar “vividores de la política”, sin rigor moral y seriedad profesional. Pide eficiencia en las instituciones y transparencia en los partidos y en las Administraciones. En la reflexión a la que antes aludía, buscando fundamentos y respuestas sobre la legitimación  del poder y la función de la política, es inevitable encontrarse con la aportación muy actual sobre la necesidad de mirar al bien común de grandes figuras del pensamiento griego como  Platón y Aristóteles. También en los clásicos latinos   se encuentra una clara disposición espiritual respecto a cuestiones relevantes del  ser y del deber ser de la política.

Leyendo a Thouchard , hace un par de días, he encontrado una observación suya donde,  hablando de este pensamiento de los clásicos latinos y griegos, da la idea de la profundidad del compromiso político, como se entendía idealmente en aquella época. “Para los romanos el derecho ocupa el lugar de la política y de la moral. La antítesis lógos-érgon, es sustituida con la de ius y factum. La ius con sus formas precisas y sofisticadas, sustituye al logos de los griegos, más sutil e idealista…”.  Después de leer este sencillo pero interesante  párrafo, no puedo dejar de reconocer  que hoy  debates  e ideas  sobre política con mayúscula  son  escasamente advertidos.  Las cuestiones existenciales de la política han dejado paso, en muchos casos,  a la corrupción, al uso partidista de la función pública y a una carrera desenfrenada por el poder. Todo ello acompañado, en innumerables ocasiones, de una desmedida ignorancia y falta de preparación intelectual y profesional.  En este horizonte no se le puede pedir más paciencia a la sociedad civil. No se trata de modificar la  demanda y las expectativas de la ciudadanía sino de corregir la respuesta de los políticos, que tendrán que forjarse, en estos nuevos tiempos, en un difícil y quizás dramático equilibrio entre la coherencia a los principios del servicio público y los nuevos desafíos.

Este tiempo de crisis no es un tiempo de ilusiones facilonas, de invenciones y quimeras estrepitosas, de énfasis  populistas, ni de demagogias que intentan reavivar  la lucha de clases. Quizás sea el momento de podar, cortando pretensiones desorbitadas, esperanzas excesivas y gastos innecesarios. La historia nos ha enseñado que, cuando los gobernantes   regalan promesas  infundadas e ilusiones desmedidas, la ficción que se produce termina en traición y rechazo. Aunque muchos no la sepan, la modestia es una de las virtudes que más enaltecen a los políticos.

El camino que inician  estos políticos que hoy presentamos no es fácil, pero tampoco impracticable. La política es una manera exigente  – aunque no sea la única- de adquirir un  compromiso por construir el  bien común. La esfera de la política es amplia pero no exclusiva. Una actitud usurpadora de todos los campos tendería a hacer de ella algo absoluto y constituiría un gran peligro para la sociedad.  Cargar a la política con demasiadas responsabilidades significaría exponerla ingenuamente a trapicheos totalitarios. Muchas de las sacudidas  que ha sufrido  la sociedad en los últimos años se han debido, en parte, a la  absolutización de la política, omnipresente en estructuras económicas y sociales, donde en realidad se hubieran requerido solo técnicos y profesionales. Los gobiernos tendrían que reconocer que no son vértices, ni centros únicos, ni síntesis de la sociedad, tendrían que aceptar que no tienen consigo todas las respuestas, sino la posibilidad de coordinar, de escuchar, de discernir y decidir sensatamente. Es lo que deseamos a este nuevo organigrama de la Junta de Andalucía. Sería optimo  que, en estos momentos de crisis,  una de sus prioridades fuese la reconstrucción de un terreno de solidaridad entre la diversidad de grupos e intereses, superando rivalidades y partidismo.  Sin pragmatismo ni moralismo. Con buena voluntad.

 

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