Con permiso

Un proyecto para el bien común, ¿para cuándo?

posted by @mbellido 5 octubre 2015

Recordando las  terribles páginas que escribieron el estalinismo en la Unión Soviética, el nazifascismo en Europa occidental, el maoísmo en China o el Khmer rojo en Camboya, sentimos verdadero pánico cuando escuchamos, en nuestros días,  discursos  que prometen transformar las sociedades y los pueblos  a la medida de designios colosales con aires de salvadores mesiánicos. Aunque esos episodios históricos fueron realmente excepcionales y creemos que nunca más se repetirán, la verdad es que ciertos discursos de esos  nacionalismos centrífugos que sobrevuelan algunas regiones de Europa, y no solo en Europa, dejan ver algunas similitudes en sus formas.

Repasando argumentario y eslóganes empleados nos preguntamos cómo es posible que haya personas, en pleno siglo XXI, que ignoren  deliberadamente que el mundo, cada vez más globalizado,  camina hacia a la unidad. El peligro es que este nacionalismo de tendencia patológica puede conducir hacia una ampliación de lo que se denominó el fenómeno de la balcanización, obstaculizando así la emergencia de un proyecto de sociedad mundial más pluralista e integrada de la actual. En la mayoría de los casos, detrás de una fachada poco creíble, se camufla el egoísmo de los que lo promueven y su intención de apalancarse en el poder.

Algunas de las frases que hemos escuchado en la reciente campaña electoral catalana, por ejemplo, suenan a proclamas de otros tiempos  que precisamente llevaron a regiones del planeta a enfrentamientos absurdos,  provocando división y sufrimiento. “Aspiramos a una Cataluña libre y gloriosa, cuya supervivencia depende de su capacidad de derrotar a sus poderosos enemigos” Josep Rull; “El adversario al cual nos enfrentamos es mucho más poderoso que nosotros; pero David no venció a Goliat porque fuese más fuerte, sino porque era muy astuto y muy hábil” Artur Mas;  “Si atacan al Gobierno catalán por defender la democracia, nos atacan a todos” Oriol Junqueras;  “Hay que cambiar no ya cuarenta años, sino quinientos años de la historia de España” Jordi Pujol; “Nos han dado palizas de arriba abajo, con leyes injustas y regresivas, multas millonarias solo por ejercer el derecho de expresión” Raül Romeva.

Estos políticos que dicen tener un plan astuto para llegar a romper un Estado como España, han logrado convencer no con hechos y razones sino con palabrería sentimental y falsas promesas, a 1.116.259 catalanes, es decir a una parte de la sociedad catalana, no a toda. Pasan los días y parece que siguen sin leer el resultado de las elecciones. Eran unas autonómicas, no un plebiscito. Siguen repitiendo como un mantra que ha ganado la independencia en Cataluña, como si ese millón de personas fuera todo el pueblo catalán. Como todo nacionalismo, también este recorre caminos totalitarios,  buscando la homogeneidad del pueblo. Para  asegurarse esa identificación del pueblo con sus intenciones, acallan e ignoran a quienes no la piensan igual.

Conviene recordar lo obvio, algo que han olvidado estos  líderes políticos  a la hora de comentar resultados. Los que interpretaban las elecciones como plebiscitarias, basaban la victoria  en el número de votos a favor. Es evidente que, resultados a la  mano, esa victoria no se ha producido.  Este pensamiento único y estas visiones extremistas niegan la auténtica dimensión del sujeto democrático de las sociedades modernas que por múltiples caminos buscan,   con un buen grado de tolerancia y diálogo, el progreso, el bienestar y la paz.  Incurable nostalgia la de estos nacionalistas empeñados en levantar muros anticuados más que en construir puentes. Una máquina de tirar el dinero que mejor destino tendría en mejorar los servicios públicos necesarios. Un aparato propagandístico destinado a  erosionar al Estado, a dividir a los españoles y a retrasar la recuperación económica.

Un escenario, el que   han creado Mas y compañía, de regresión a la atmósfera agobiante de las frustraciones y a una ilegalidad cada vez más generalizada.

Malos tiempos para Cataluña y España que esperan un proyecto sensato para realizar el bien común (nunca mejor dicho),  que nos ilusione a todos.

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