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El precio de ver

posted by @mbellido 13 marzo 2013

Hoy alguien me ha dicho que cuando se comienza a dar sentido a las cosas eso significa que se está envejeciendo. Sin quitarle la razón, le he dicho que creo que es  un gesto instintivo en el ser humano, el  intentar ver más y mejor.  Todos llevamos dentro ese deseo pero quizas permanece disimulado durante años hasta que se revela contundentemente cuando menos lo esperamos. Procede de una suprema ilusión tejida en el alma humana desde que nacemos.  Con el tiempo vamos agudizando la mirada; cuando leemos una noticia o conocemos una historia,  intentamos conocer su ensamblaje, cuando conocemos a un hombre queremos penetrar en su espíritu, cuando miramos la lluvia reflexionamos sobre la vida que cabe en una sola de sus gotas. Se aprende a ver más con los años y, poco a poco,  nos vamos capacitando también para distinguir en el fondo de nuestra conciencia y de nuestra inteligencia, sus resortes ocultos. Conocemos y nos conocemos. Nos acostumbramos a distinguir en la historia humana los signos de la evolución del universo. Rasgo tras rasgo vamos reproduciendo la verdadera imagen de la Humanidad que, en definitiva,  es la de cada uno de nosotros.  Llega un momento en el que conseguimos visualizar sin tapujos  y sin mentirnos, la  realidad, tal cual es,  intentamos comenzar a llamar  a las cosas por su nombre, intentamos  encontrar las palabras para decir lo que vemos. Distinguimos la realidad fría o glacial, ardorosa o abrazadora y en algunos  casos templada con todos sus matices sin justificaciones ni ensoñaciones.   Llega un momento en nuestras vidas en que todo se mueve, todo se organiza, todo se eleva en un mismo sentido que es el de una mayor conciencia.   La mirada adquiere un conocimiento nuevo sobre  sí mismo, sobre su existencia y su relación con el mundo. Pero sin embargo se paga un precio por esa luz reveladora,  en su profundo fondo, enuncia y contiene una fatiga y un esfuerzo.  En esa apuesta de querer ver más y mejor, en esa búsqueda de la luz y de  la vida, en esa pendiente que conduce  hacia un horizonte más alto, estarán siempre presente el silencio y el vértigo de la soledad.

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