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La perjudicial dejadez de nuestro yo

posted by @mbellido 30 diciembre 2014

Hay cosas que vamos aprendiendo en la vida conforme vamos avanzando en edad. Ideas, valores y razones que refuerzan un cierto sentido de seguridad, que nos ayudan, sin duda, en el día a día a dar pasos más certeros. Ya se sabe que el camino se hace más interesante  cuando se sabe bien adónde se va. Una de estas cosas que se aprenden es el interés por el propio yo, no un interés egoísta y egocéntrico, es un interés por conocer esa persona que somos y que deseamos ser, un interés  por saber de buena tinta la riqueza y los limites que llevamos dentro.

A veces ese conocimiento irrumpe en  nosotros improvisamente, sin preverlo, no a consecuencia de ningún factor precedente. Este encuentro con nosotros mismos no llega fruto de un análisis programado o de un objetivo proyectado, se trata de un acontecimiento imprevisto. Es como si cogieran por la solapa a nuestro yo y lo zarandearan, lo despertarán y lo metiesen delante de un espejo.

A menudo nos llega a través del encuentro con otra persona, igual a nosotros o distinta, que nos regala esa visión de nosotros mismos.

Uno de los males de nuestro tiempo es el vacío de conciencia. Un aturrullamiento cotidiano aleja la mirada de nuestro interior.  

El ser humano es como un naufrago que espera siempre ser rescatado por la verdad, sea cual sea y se presente como se presente. El ser humano como el naufrago espera siempre su salvación. De consecuencia en la vida, la espera de esa salvación se hace inevitable. Una salvación que resucita nuestra verdadera personalidad y nos hace descubrir un profundo sentido de dignidad y al mismo tiempo un sentido de curiosidad, para seguir descubriendo  y descubriéndonos,  para seguir caminando.

El encuentro con nosotros mismos es la vacuna que nos defiende de la entrometida ceguera de la realidad.

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