Editoriales de Agenda Empresa

Lo éticamente correcto

posted by @mbellido 30 noviembre 2000

Hace un par de semanas cerró la tienda de alimentación que había en mi barrio, un vecino de la calle me contaba a este propósito que el dueño de la tienda, un señor ya mayor que llevaba ahí toda la vida, se había visto obligador a cerrar por no resistir la competencia de un cercano supermercado. Volvi a encontrar a este vecino pocos días después acompañado por su esposa y empujando su carro de la compra en una gran superficie. Estaba un poco afónico y me contó que se encontraba así debido a su participación en la movilización sindical que se había producido el día de la huelga de los pequeños comerciantes, me explicó que en general el pequeño comercio había respondido muy bien a la convocatoria pero había que seguir luchando ya que se podían perder 100.000 puestos de trabajo. Sorprendido por el encuentro en aquella circunstanciam en aquel lugar y aquel día, lo saludé y terminé de comprar en esa jornada festiva en que los supermercados habían abierto sus puertas.

Son a veces estas instantáneas y anécdotas que nacen en la experiencia de lo cotidiano que a menudo se convierten en reflexiones orientadoras, que como luz de minero nos conducen con más claridad por ls páginas de este catálogo de contradicciónes, como las de mi amigo del barrio, en las que vive a veces sumida nuestra sociedad.

Hace unos días, me encontré esperando mi turno ante la ventanilla en una sucursal bancaria, alguien se salta la fila y se cuela. Un cliente protesta, con educación, porque el empleado tampoco ha respetado el orden de la cola. Ante la protesta el empleado se justifica: “Yo sé quien de ustedes está el primero”. Intervengo tímidamente en la conversación con una invitación al empleado: “Por lo menos haga el esfuerzo de mirarnos”.

Me he puesto a examinarlo con ojos de observador social: sus manos son habilidosas contando billetes, su mirada sabe recorrer rápidamente filas de cifras, pero a nosotros no nos mira. Él trabaja con cuentas corrientes, con fondos de inversión, con líneas de créditos y lo hace escrupulosamente bien, casi sin riesgo de error.

De esta otra parte de la ventanilla nosotros tampoco tenemod mucha relación con él, cada uno de nosotros es un mundo en su papel de “clientes con prisa” por obtener lo antes posible la prestación que necesitamos. Extraños todos, los unos para los otros, obstáculos recíprocos en la carrera hacia la ventanilla.

No se trata sólo de relaciones interpersonales o indiferentes, ojalá se tratase sólo de indiferencia. Lo malo de todo esto es que, con este modo de hacer, se va sustrayendo algo del ser de las personas, y después de una décad de encuentros similares, al final del día nos encontramos, con la propia humanidad más disminuida, como desgastada por pequeños o grandes bocados.

La tienda que ha cerrado en mi barrio y lo bien que atendía su dependiente, la manera contradictoria que tiene mi amigo de apoyar al pequeño comercio, el empleado de la sucursal bancaria y la infinidad de momentos que vivimos a lo largo del día donde las relaciones son entre roles y no entre personas, me ratifica que no nos tendría que dar igual tratar con la máquina que nos da el tiket a la entrada del aparcamiento que con el señor que nos cobra antes de retirar nuestro coche, a no ser que se mire hacia otro lado y se crea que es otra máquina con una voz grabada que nos dice el precio que tenemos que pagar.

Las personas son siempre indispensables y su valor insustituible, sin ellas, por muy rimbombantes y elaboradas que sean las ideas políticas, sindicales o económicas perdemos la prospectiva crítica capaz de vencer a la demagogia y orientar un verdadero discurso social. En el viaje hacia la excelncia empresarial clientes y empleados son la clave y es que otorgando más valor a las personas como dice Dalla Costa, significará “reconocer que lo correcto para los negocios y lo éticamente correcto ha termnado por ser una y la misma cosa”.

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