Con permiso

La tienda de las palabras

posted by @mbellido 29 enero 2007

He arrancado las últimas hojas de mi calendario de mesa 2006 como el que arranca la última página de una novela sin haberla terminado de leer. Cada año he repetido este gesto para poner un punto y aparte y no un punto y final. Este año que agoniza no dejó en mis vitrinas ni trofeos ni recuerdos de museo, dejó momentos de vida. No dejó la mentira de una meta sino la verdad de la vía. Este año que se muere es un adiós que planea entre una pena y una mirada que imagina otro horizonte.

Tengo un diario donde voy garabateando una existencia sin fecha de caducidad y deposito en él, cada noche, mi presencia y mi memoria como lo hace la ola del mar que deja el agua y la espuma sobre la arena y allí se queda porque no puede volver atrás. Hoy, en un descuido, lo he abierto y me he bañado en ese océano de señales. Leer lo que escribí en 2006 fue como entrar en la tienda de las palabras, donde escogerlas y comprarlas me procuraron el sentimiento mágico de poseerlas. Repetí tu nombre y ese sentimiento me rozó, me acarició y floreció de nuevo. Repetí el nombre de los que se han ido, porque de esta estación muchos partieron sin apenas haber podido liar sus bultos y me invadió la nostalgia. Repasé mis fracasos y descubrí que no hay río que dos veces sea capaz de bañarme y darme paz. Renombré mis conquistas y mis logros y me alivió pensar que, aunque no siempre haya volado como las águilas, he probado el regocijo de abrir mis alas, elevarme y sentir la emoción de un aguilucho cuando deja el nido. Repasé mis viajes y no sé si me he movido o me quedé inmóvil, pero mis ojos se llenaron de paisajes. Reviví mi transitar por la vida pública y recordé payasos que lloraban y públicos que no se reían. Releí mis poemas, yo, poeta sin versos, que entre rima y rima no busca la verdad sino que la encuentra.

Analicé la crónica del mundo que fui anotando día a día y me sentí un marinero con deseos de embarcarse y echarse a la mar porque sufre mal de tierra. Observé en muchas páginas los dolores que la gente me había entregado entre lágrimas en minutos de confidencia, y quise ser astronauta para buscar entre las nubes esos globos de gas que a veces se les escapan a los niños y que llevan enganchadas en sus largos hilos sonrisas e inocencia.

Ojeé instantes, muecas y gestos pegados en esas páginas con una barrita adhesiva, sin saber si eran fragmentos de vida o solo fotografías.

Ahora cierro el diario. Quizás en este instante, en esta noche de estrellas distraídas y en otra parte del mundo alguien estará inventando el futuro. Yo seguiré trazando mi presente y garabatearé mi diario cada noche para contar que encontré otra gente, miré otros ojos y escuché otras voces. Enterneceré la mirada para seguir viviendo horas lentas y años veloces, sin arrepentirme en la última página de haber amado demasiado poco.

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