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La felicidad no es fruto de formula matemática

posted by @mbellido 23 abril 2013

Hace muchos años escuché decir a mi madre que las lágrimas más amargas son aquellas que se derraman por aquello que finalmente la vida nos concede después de haberlo deseado tanto. Aunque en aquellos momentos, por mi juventud, no podía entenderlo y me resultaba extraño que alguien llorase por algo que había obtenido después de haberlo deseado tanto, no pude quitarle la razón. Años más tarde en la película Memorias de África me pareció escuchar el mismo sentido en la frase que pronunciaba Karen Dinesen: “Cuando los dioses quieren castigarnos atienden nuestras plegarias” He conocido a lo largo de mi vida personas confundidas y decepcionadas después de que un giro inesperado del destino les regalaba en bandeja la posibilidad de realizar un sueño largamente anhelado. Conozco personas con nombre y apellidos que hoy viven una experiencia contradictoria en política, en pareja, en el ámbito profesional, después de haber hecho realidad lo que por años habías anhelado. Una de esas personas, idealista y generosa, que ha visto en esta etapa de su vida hacerse realidad lo que por mucho tiempo había creído era su vocación política, me decía recientemente: “en estos años que vivo lo que por años fue un sueño, comprendo cuanto es rica y ambiciosa nuestra imaginación y cuanto es pobre la realidad”. Comprendo por sus palabras y por otras experiencias que la felicidad no es fruto de una formula matemática. Creo que no es cuestión de ir a la caza y captura de sueños, haciéndolos realidad uno detrás de otro, con la única de certeza de aterrizar en el planeta felicidad sin tener que dar nada más a cambio. En cada paso que damos, en cada sueño que conquistamos es obligatorio que nos encontremos a nosotros a mismos. Todo aquello que se conquista se quedará fuera de nuestro control si no somos capaces de darle sentido y si no nos disponernos a adaptarnos, a cambiar nuestras actitudes y a encontrar los recursos para la nueva situación. Hacer realidad un sueño sin ser conscientes de los cambios que conlleva será tan angustioso como nadar entre las olas de un mar que de repente se ha encrespado. Bernard Shaw aconsejaba que después de haber construidos castillos en el aire, es bueno colocar las bases debajo de ellos.

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