Con permiso

La buena gente

posted by @mbellido 30 octubre 2007

El poeta y crítico francés Stéphane Mallarmé estaba convencido de que el mundo se hizo con el único objetivo de terminar en un hermoso libro.

Sin embargo, a veces vivimos algunas experiencias que no son dignas de terminar en hermosas páginas sino en una hoguera o precipitadas por el abismo más alto de nuestra memoria, para ser olvidadas con premura vital. Lo he repetido muchas veces: tendemos a olvidar las cosas más dolorosas porque la memoria decide arrojar por la borda de la vida los bultos inaguantables.

Nos sucede también con las personas, sobre todo con aquellas que han pasado por nuestras vidas aportándonos sólo daño. En esa tarea me encuentro enfrascado.

Todos nos hemos encontrado alguna vez, deambulando por nuestro camino, a individuos cuyo peligro, aparte la sinvergonzonería moral de que presumen, se encuentra en la canalización del mal que representan. A veces son seres a los que hemos estimado, respetado, enseñado, ayudado y, cuando menos te los esperas, te han sobresaltado con su daño improviso como lo haría un puñado de alacranes debajo de las sábanas.

Reflexionando sobre una experiencia que me ha tocado vivir de cerca en los últimos meses, ha vuelto a mi memoria la fábula El lobo y el cordero que Fedro escribió hace algunos siglos. Seguro que la recordáis. “Un lobo y un cordero sintieron sed, fueron a beber y coincidieron en el mismo río. El lobo bebía y, aguas abajo, hacía lo mismo el cordero. Entonces el lobo empezó la disputa y dijo al cordero: “¿Por qué enturbias el agua que bebo?” a lo que éste le respondió: “¿Cómo puedo hacerlo si el agua viene desde donde estás hasta mi sitio?” Vencido por el argumento dijo el lobo: “Hace seis meses hablaste mal de mí”. Y el cordero respondió: “¡Pero si no había nacido aún!”.

Y entonces dijo el lobo: “Por Hércules que tu padre habló mal de mí!” y se comió al cordero.” Fedro escribe esta fábula simbolizando a las personas que avasallan a los inocentes con excusas inventadas. Cuanto más pequeño es el corazón del hombre, más odio alberga.

Solo los inestables emocionalmente, los enfermizos psicológicamente, ceden a la tentación fácil de creer que uno pueda resolver sus propios problemas atacando a la humanidad de otro ser.

Como decía Aphonse Daudet: “El odio es la cólera de los débiles”. Desgraciadamente, más celos da a la maldad la virtud que el vicio y la mayor parte de las veces la malignidad acompaña a la ignorancia. Una de las actitudes más tórpidas y que más conducen a la envidia, a los celos y a la maldad es la que denunció Machado, tan habitual en muchas personas: despreciar lo que se ignora y, encima, presumir de ello. Hay gente que se queda y hay otra que está yendo todo el tiempo. Esa, la que es especialista en la ofensa arrogante, la pose moralista, la calumnia y la doblez, esa, con la oscura convicción de que quien más grite ganará finalmente, esa, ¡que se vaya! Que se quede la buena gente, la que es como la esencia de un buen perfume, que con poca, basta para impregnar el ambiente.

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