Con permiso

Percibir el propio pensamiento

posted by @mbellido 11 diciembre 2012

Hubo un momento, en mis años juveniles, en que dediqué parte de mi tiempo a la pintura. Fue durante  los dos primeros años que viví en Toscana. Probablemente  aquel paisaje de dulces colinas marrones y verdes, abetos y viñedos terminaron por despertar una vocación artística que llevaba sembrada en mí desde muy temprana edad. Fueron dos años muy fértiles y muy gratificantes. A veces quería explicar a mis amigos o a quien se acercaba con intenciones de comprarlo, el proceso que me había llevado a la realización de un cuadro; quería explicar cómo había llegado la inspiración, en qué momento y a través de qué estímulo. Me esforzaba en explicar que el cuadro no había  sido el fruto de una casualidad. Casi siempre intentaba explicar aquel momento de armonía interior que había empujado la mano a llenar de formas y colores aquel lienzo. Cada cuadro que iniciaba venía precedido de un presagio. Todo ese mecanismo que se ponía en movimiento en mí me fascinaba, me resultaba extraordinario y misterioso al mismo tiempo. A veces, mientras me recreaba en esos pensamientos o intentaba comunicarlos, sentía que un aguacero de nuevas ideas,  incluso  contradictorias, ponía en movimiento ese mecanismo creativo semejante a un riachuelo de montaña en caída libre.

Una de las grandezas del ser humano es la capacidad de percibir y de darse cuenta de cómo operan los mecanismos de su propio pensamiento. El hombre es consciente de sí mismo y es consciente mientras piensa que está pensando. Lo que no puede es conocer  en modo directo qué acontece y cómo acontece en otro ser humano en este proceso de pensar. Solamente a través de las manifestaciones externas, de las informaciones que le proporciona, de  experiencias u orígenes comunes puede intuir el sentido interno del pensamiento del otro y de su desarrollo.

Por eso me esforzaba en comunicar, es decir, poner en común esa experiencia espiritual y estética que bullía en mí y de la cual quería hacer partícipe a los demás. Y cada vez que en esa comunicación, en ese poner en común  tenía en cuenta lo que el receptor de mi pensamiento entendía, me respondía y me aportaba, mi “dar” se convertía en recibir. Mi necesidad de corrección,  de consejos, de sugerencias formaba parte de mi búsqueda de la verdad, que venía saciada a menudo cuando mi escucha era sincera. Hay algo de “espiritual” en las estructuras lógicas de la organización cerebral que es capaz de producir una plenitud y una luz incalculable.

Siempre he pensado que comunicar e informar van de la mano. Informar es dar nueva forma a un elemento. Quien informa y quien es informado dan una nueva forma a la sustancia de la información. Es como si se estableciera un puente: tratando de atravesarlo y de encontrarnos vemos desde distintos puntos de vista la misma realidad. Cuando hablaba de mis cuadros modificaba de alguna manera, según el receptor que tenía delante, la idea, la inspiración y el pensamiento que hasta ese momento habían sido solo patrimonios de mi alma y de mi intelecto; daba forma a algo inmaterial que hasta ahora solo había tenido vida y consistencia dentro de mí. Seguramente quien me escuchaba, mientras lo hacía, volvía a moldear y a dar nueva forma dentro de sí a aquel pensamiento.

Ni siquiera los robot u ordenador más avanzados tendrán nunca una consciencia por sí mismo. Serán solo instrumentos programados por la inteligencia humana. Quizás no seamos conscientes siempre, pero de vez en cuando, tendríamos que  reflexionar y alegrarnos de esta facultad maravillosa que tiene el ser humano de percibir en todo instante el propio pensamiento  y de la libertad para discernir sobre su propia trascendencia,  las  acciones que realiza y las relaciones que establece.

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