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En Hong Kong practiqué la tolerancia

posted by @mbellido 16 julio 2015

Dicen que la imaginación es la facultad que descubre las relaciones ocultas entre las cosas. De labios de mi abuela materna escuché, siendo niño, muchas historias. Eran historias que probablemente poblaron de fantasía mi manera de pensar y de soñar. Además a ella le debo, probablemente, la formación de un modo de ser independiente y, a la vez, tolerante con los valores y creencias de los demás. Recuerdo sus cuentos orientales, no sé si inventados o leídos, donde recorrí, como a lomo de mula, países inventados donde vivían emperadores, princesas, doncellas y guerreros o paisajes de edificios muy altos. Con los años, apenas pude, comencé a viajar muchísimo. Mi abuela ya nos había dejado; sin embargo, a veces tenía la sensación que en esos países me acompañaba ella para seguir mostrándome cosas que resaltan las características que hacen a un país diferente de otros.

Hace unos días he vuelto a leer el diario que escribí en 1979 durante mi primer viaje a Asia. “Pocas ciudades tienen el atractivo de Hong Kong, salvo Estambul, que tiene la fascinación del puente entre dos civilizaciones, entre dos modos de ser, entre dos culturas” “Hong Kong es Occidente, con sus rascacielos de cemento y cristal, su tráfico y sus negocios. Sin embargo, es también Oriente, en el sentido más inquietante y misterioso”.

El primer día, después de haber dejado las maletas en el hotel, le pedí a un conocido que me habría hecho de guía y traductor que me acompañase a dar una vuelta por la ciudad. Caminamos por barrios periféricos y vagabundeamos sin una finalidad ni un destino determinado, entramos en un templo, visitamos varias farmacias, donde me hablaron de las propiedades afrodisíacas del cuerno de rinoceronte o las excitantes del ginseng, observé raíces extrañísimas y probé algún que otro preparado bastante repelente. Comí por primera vez yuanxiao, dumplings de arroz rellenos de sésamo y pétalos de rosa.

El guía y traductor que me acompañaba era chino y en sus explicaciones me trasmitió un modo de sentir y de pensar distinto, que me hicieron reflexionar. El día que dejé Hong Kong para viajar a Tokio escribí en mi diario: “Este viaje no es solo un cambio de lugar y de paisajes, es un cambio de ideas”.  Habían servido las lecciones de tolerancia que me inculcó la abuela en mi niñez.

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