Comemos todos los días. Tenemos necesidad de comer y la subsistencia de nuestro físico depende en gran medida de nuestra alimentación. Esta reflexión tan sencilla no cuadra con la infeliz relación entre apetito y cultura estética proyectada al éxito personal que se da en muchas personas y que tienen como elementos disuasivos crecer de peso y perder forma física. En otras palabras, para muchas personas el deseo y la necesidad de comer se enfrenta constantemente al maltrato que se le propina al cuerpo por el miedo a perder la figura estilizada cogiendo kilos de más.

Por otra parte, hay que añadir a este razonamiento una situación típica que se da en la sociedad actual. El estrés está a la orden del día y el apetito descontrolado viene asociado por los especialistas a un humor agitado e insatisfecho. Tampoco ayuda el desconocimiento generalizado sobre los ritmos alimenticios, el funcionamiento de nuestro organismo y lo que implica la ingesta de un alimento u otro y el momento en que se hace.

También se confunde hambre con apetito. La primera se refiere a la necesidad de comer y la segunda habla del impulso instintivo que lleva a satisfacer deseos o necesidades. A veces la dieta se enfrenta al hambre y el apetito termina mandando porque la capacidad de controlarse racionalmente es difícil de encontrar. Cuando se come desordenadamente, sin control e instintivamente, se proporciona al organismo más calorías de las que consume y así se almacena un exceso de energía en forma de grasa. Comer equilibradamente y hacer ejercicio no está hoy al alcance de todo el mundo. ¿Pero a dónde nos lleva también este problema de equilibrio alimenticio? Y en particular pienso en la mujer. No obstante el progreso que se ha llevado a cabo en cuestiones de igualdad y libertad gracias a los movimientos feministas de los años 60 y 70, muchas chicas de hoy parecen tener como único objetivo emular divas y modelos delgadísimas cuyos cuerpos parecen haber sido diseñados con un programa de ordenador. Te asomas a la calle y descubres cuerpos sometidos a dietas, gimnasio, a la cirugía plástica y a la mirada machista. ¿No son quizás la anorexia y la bulimia frutos amargos de hemorragia de crisis de identidad que lleva sobre sus espaldas parte de la juventud actual? Son extremos que se tocan, por una parte el desorden alimenticio que lleva a descontrolar el organismo y su adecuado mantenimiento y, por otra, el castigo que se le aplica para mantenerlo como un alfiler. Son la punta del iceberg de un problema de cerebro, no siempre de estómago.

Urge que ayudemos a los jóvenes a escapar y alejarse de los estereotipos que se imponen desde los más variados pulpitos sociales y políticos para que podamos alcanzar la definición justa de persona, y, en cuanto a la mujer, entender de verdad el concepto de femenino. La parrilla televisiva y los mensajes que ésta transporta confunden y distorsionan. Mientras que en otras partes del mundo la mujer sufre las consecuencias del sometimiento al burka, la mutilación sexual o la esclavitud, en el denominado mundo civilizado la violencia domestica o la cultura mediática que muestra a la mujer como oscuro objeto del deseo crea no solo problemas de alimentación. Argumento complicado donde se sobreponen lo público y lo privado, política y religión, medicina y psicología, violencia y amor, publicidad y glamour. Aunque aún quede parte de la sociedad que no ha aceptado los cambios que se producen en temas de igualdad, no hay que perder la esperanza ya que, antes o después, todos comprenderemos que la única manera de construir es estableciendo una relación de respeto, amor y satisfacción recíproca.

Manuel Bellido
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