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Buscando la gloria

posted by @mbellido 19 agosto 2012

Hoy he vuelto a encontrar un libro de Yukio Mishima  escrito en  1963, cuyo título es “El sabor de la gloria”.  De la novela se deduce que el sabor de la gloria es amargo. Este Sabor áspero y acerbo es, al mismo tiempo, sabor de muerte y sabor de algo soñado y nunca encontrado: precisamente la gloria. Este es el último sabor que prueba en la novela el marinero Ryuij, mientras es asesinado, en modo no glorioso, por  una banda  de jóvenes delincuentes.

La definición que todos sabemos dar a la palabra gloria está relacionada con el honor, la admiración y el prestigio que alguien consigue por haber hecho algo importante y reconocido por todos. Necesidad de realización y de reconocimiento.  Somos recipientes de exigencias con pretensiones de justicia, de verdad, de amor, de felicidad y, en ocasiones, también de honor y de gloria.

Todo esto, en definitiva, no es otra cosa que sed de infinito.

El ser humano tiene necesidad de una plenitud  imperecedera  y, sin saberlo, la bautiza con otros nombres. Las nuevas realidades de una secularizada modernidad, la ceguera de lo “ya sabido”, la tentación del poder o el egocentrismo del poseer, esconden la verdadera naturaleza de esa sed y frenan esa búsqueda espiritual.

Es cuando el ser humano se descubre consciente de esa identidad y, libremente,  se proyecta a reconocer la de los demás, es capaz de construir y aportar algo importante y perdurable en la cultura, en la economía, en la política y, en definitiva, en el bien común.

El sabor de la gloria en política, en la economía o en los plató de la crónica rosa es amargo porque es perecedero.  Desfilan cada día ante nuestros ojos personajes de duración limitada. Tienen que robar supermercados para salir en la TV, desnudarse para salir en las revistas, atacar con demagogia al oponente político para salir en la prensa, alzar la voz con acritud para que se les escuche en la radio, fingir estar malhumorado para parecer intelectuales…

La sociedad está necesitada de personas y experiencias capaces de resucitar el deseo y la conciencia de que al final de la vida cuenta solo cuanto hemos amado y hemos sabido reconocernos hermanos con el resto de hijos del Planeta Tierra. La vida vivida así no es una circunstancia;  es un acontecimiento, todo el resto es consecuencia.

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