Tan difícil como capturar una mariposa es cazar un viejo sentimiento anidado en nuestra memoria. Con el tiempo se pierden los contornos, las formas, las fechas, los lugares. Solamente permanece el perfume. Si el sentimiento abrió una herida, con el pasar de los años la encontraremos  cicatrizada; lo que viene a demostrar que es posible componer  de nuevo el   corazón aunque alguna vez se haya despedazado. Son las reglas secretas, que rigen los sentimientos humanos, la que hacen posible estas mutaciones.  Me lo ha contado una amiga. Con obstinada ternura me narraba una historia de amor y desamor.  A continuación me repetía: las cosas rotas se tienen que arreglar, las cosas desacopladas se deben acoplar,  las que hacen sufrir se deben curar. En cuestiones de sentimientos, la naturaleza humana tiene siempre recursos disponibles para amansar la realidad dolorosa, para poner orden en el desorden o para iluminar zonas de sombra. A la geometría oscura que produce la muerte de un sentimiento siempre puede sobreponerse otra luminosa,  aunque impalpable,  que devuelve la vida  e impide que la locura golpee el alma haciendo florecer uno a uno todos los límites más bajos y mezquinos de la naturaleza humana. Para mi amiga su enfermedad había tenido nombre masculino.

Cuando llueve, nieva  o se desencadena un temporal se camina más lentamente para no resbalar mientras se protege el resto del cuerpo con un paraguas y un impermeable. Mi amiga sin embargo se había comprado, a raíz de su dolor,  unos zapatos con tacones altos, de color rojo.  Fue su manera de arreglar lo que estaba roto, acoplar lo que estaba desacoplado y aliviar la herida producida. Del sentimiento le quedó un pequeño frasco  de agua florecida de primavera honda; el perfume del amor que un día había atropellado su vida.  Su historia ha llegado a mi orilla con el   sonoro chasquido de las olas que producen todos los amores del mundo. . La fuerza insoportable del amor vivido siempre me sorprende.