Como el fruto del castaño

23 enero 2010 Deja tu comentario
Como el  fruto del castaño
Como el  fruto del castaño

Parece mentira pero no terminamos nunca de aprender a vivir. Muchas cosas que antes pasaban inobservadas, ahora, a medida que los años se suceden, cobran valor. Ir más despacio. Caminar para limpiar la mente y el cuerpo de rabia y de ansia. Buscar remansos de vegetación donde poder abrazar a la naturaleza, para escucharla y aprender. Aminorar la marcha para comprenderme y para comprender, iniciar relaciones interpersonales nuevas, desapegarme serenamente de lo material que sobra, desechar la excusa engañosa del “no tengo tiempo”, dejar de hacer tres cosas al mismo tiempo. No se trata de un “Déjà vu”, se trata más bien de una convicción profunda y que cada día más se hace camino en mi interior, de que el desarrollo pausado en la ejecución de ciertos actos es indispensable para embeberse de su esencia.
Lentitud no significa en todos los casos ausencia de velocidad, es más bien un ejercicio de graduar la mirada comprensiva desde una cierta altura. Cuando vamos en avión, se viaja a centenares de kilómetros por hora y la sensación es la de estar parados. Cuado actuamos acelerados, captamos sólo una secuencia de particulares, la suma de esos particulares no nos puede proporcionar el valor real de las cosas. La impaciencia y el nerviosismo nos hacen monocromáticos y presuntuosos, nos privan de flexibilidad, nos conducen rectilíneos, uniformes, aburridos y repetitivos. Taponamos sin querer la fluidez natural de la vida. A veces volvemos la vista atrás y nos parece de haber viajado muchos años sobre una gigantesca y perversa cinta trasportadora que nos ha cansado y vaciado de emociones. El arte de vivir exige dedicarle cada día un poco más de tiempo a la Vida, a la amistad, al amor, a la naturaleza, a la música, a no odiar, a sembrar un poco de paz en cada gesto con nosotros mismos y con los demás. El arte de vivir es descubrir que la vida es una cápsula espinosa que puede contener en su interior una castaña dulcísima.

Manuel Bellido


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