Con permiso

Alcanzar un fin con trampa equivale a destruirlo

posted by @mbellido 25 abril 2006

Pasaron los temidos macrobotellones y se han disparado las alarmas entre padres, psicólogos, maestros y algunos políticos. ¿Qué está pasando? No son las movilizaciones de estudiantes franceses contra el contrato de empleo juvenil. Esto es otra cosa. ¿Qué motivos esconden detrás de este fenómeno que cada vez mas frecuentemente se repite en nuestras ciudades?

Me comentaban unos padres y he escuchado el mismo concepto con otras palabras por boca de otros, que ‘alguien’ o ‘algo’ en nuestra sociedad les está vendiendo humo sin escatimar esfuerzos, ni encontrar obstáculos, ‘iniciándolos’ en la idea de que pachanga, parranda o borrachera son sinónimos de felicidad, emancipación o libertad y que además es cultura.

Si a esto añadimos que no es precisamente el esfuerzo personal como base de progreso lo que los sistemas educativos están proponiendo a los jóvenes, se entiende que cuelen más fácilmente otros mensajes interesados. Y uno de ellos es que el lado bonito de la vida y la felicidad pueden obtenerse en ciertos momentos también a través de sustancias artificiales: llámenlas speed, anfetas, pastillas, meta, coca, nieve, polvo, blanca y un largo etc. o llámenla alcohol. Sustancias a las que muchos siguen enganchándose, probablemente embobados por la alucinación de la curiosidad.

Lo cierto es que estamos teniendo la sensación de que algo se nos está escapando de las manos y de que la sociedad adulta, en general y políticos, medios de comunicación y familias en particular tenemos mucha responsabilidad en todo ello. ¿Cuál es el motivo por el que hoy muchos jóvenes malviven de lunes a jueves, esperando ansiosos que el fin de semana la puerta del alcohol les haga evadirse de la realidad personal y les haga encontrar algo de felicidad?

Voltaire decía, y podríamos aplicarlo también hoy, que buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una. Cada uno la busca como puede o como se les enseña.

¿Qué les estaremos enseñando los adultos a estas generaciones cuando lo habitual es que la nuestra busque la felicidad en la acumulación de bienes materiales, en el éxito profesional o en el aplauso que nos proporciona un cierto status social? Hoy reflexionar sobre la felicidad significa tocar uno de los puntos importantes de la crisis que atenaza nuestra época, una crisis que no solo afecta a la vida personal, sino a la sociedad entera.

Es verdad que no es solo una cuestión de hoy. Es una cuestión existencial que ha recorrido toda la historia del ser humano y suscitado por parte de los pensadores y filósofos de todos los tiempos las respuestas más variadas. “Hombre afortunado aquél a quien es dado contemplar la ciencia de lo bello” decía Platón. “Lo máximo en el placer es estar libre de todo dolor y molestia, tanto en el cuerpo como en la mente”, decía Epicuro. Para San Agustín o Santo Tomás, la felicidad consistía en conocer y amar a Dios. Para Locke la felicidad era sencillamente la ausencia del dolor y para Kant la felicidad era la consecuencia de una vida virtuosa.

¿Qué respuesta nos daremos hoy y daremos a las nuevas generaciones? Quizás tengamos que convencernos como Henry Van Dyke que la felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos y que para alcanzarla no hace falta hacer trampas.

Esas trampas que con tanta facilidad proporciona nuestra sociedad avanzada predisponen a nuestros jóvenes a vivir en lo imaginario y en un mundo virtual, sin contacto con la realidad, la que no han aprendido a conocer de verdad y que los delude y deprime si no se tienen valores. Por eso ni los padres, ni el Estado, ni los medios de comunicación podemos permitirnos el lujo de dimitir de nuestras responsabilidades en transmitir la importancia de la autoestima, de la tolerancia, de la responsabilidad o de la cooperación. No hacerlo es hipotecar el futuro de los que ahora son jóvenes, y con ello, de toda la sociedad. Sigue siendo nuestro reto y nuestra responsabilidad.

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